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quinta-feira, setembro 12, 2013

El día que la Unión Soviética derribó un avión de pasajeros

“La tensión de la Guerra Fría convirtió en objetivo militar una aeronave comercial con 269 civiles con destino a Seúl el 1 de septiembre 1983. Todos murieron. La tensión de la Guerra Fría a principios de los ochenta se disparó hasta un punto crítico por el trágico incidente de la madrugada del 1 de septiembre de 1983. Un caza ruso cumplió la orden de derribar un avión comercial que, por error, sobrevolaba peligrosamente territorio de la Unión Soviética, directo hacia su flota de submarinos nucleares. Murieron los 240 pasajeros y los 29 tripulantes a bordo del vuelo 007 de la compañía Korean Airlines con destino a Seúl. La conmoción mundial se agitó aún más por la opacidad de la URSS. Moscú no reconoció haberlo abatido hasta una semana después. Justificó que era un avión espía oculto, no comercial. Tardó en reconocer la culpa, lamentó las muertes, pero no se disculpó. No entregó la caja negra para esclarecer las causas hasta una década después, tras la caída del imperio soviético. No quedó rastro de pasajeros ni de equipajes.
Avión espía
Todas los trágicas casualidades confluyeron para que la tensión acumulada de la Guerra Fría detonara los misiles que acabaron con 269 civiles. El avión de pasajeros partió desde el aeropuerto JFK de Nueva York con destino a Seúl con una parada en Anchorage (Alaska) para repostar. Nada más despegar de Alaska, la nave se desvió de su camino. El estudio posterior de la caja negra determinó que el piloto creyó haber fijado la ruta correcta con el automático, sin embargo, mantuvo por error un rumbo fijo directo hacia Siberia. Los radares rusos captaron la intromisión por la península de Kamchatka. Mandó unos cazas a reconocerlo y disuadirlo, aunque no llegaron a tiempo y el Boeing 747 siguió su rumbo ajeno a cualquier violación territorial. Los rusos no lo dejarían escapar en su segunda invasión, esta vez sobre la isla de Sajalín, al norte de Japón. Menos aún cuando el avión iba directo a la flota rusa en el Pacífico, en Vladivostok, con sus submarinos nucleares. La casualidad hizo que un avión espía de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos rastreara ese mismo día la misa zona. El Boeing RC-135 entraba y salía de territorio soviético en maniobras habituales para probar la capacidad de los radares rusos. Su señal se confundió con el del comercial Boeing 747. Los rusos estaban tras la pista de un avión espía que confundieron con la nave surcoreana cargada de almas inocentes.
Avisos insuficientes
El caza soviético realizó al vuelo 007 maniobras de advertencia propias para naves militares, no tan evidentes ni pacientes como las dirigidas a aviones comerciales. Lanzó ráfagas de aviso, pero no eran trazadoras, y por tanto eran invisibles en la noche. La oscuridad también impidió al piloto ruso discernir si era un «jumbo» comercial o uno similar espía. Cuando trató de acercarse a la nave surcoreana, el piloto de Korean Airlines, ajeno a la disuasión, elevó el vuelo inconsciente del peligro. El puesto de mando de Defensa soviético lo entendió como una maniobra de disuasión y la orden fue clara: «Destruir el objetivo». El avión no explotó tras recibir el impacto de dos misiles aire-aire, ni cayó en picado de inmediato. El piloto surcoreano pudo mantener el vuelo durante cinco minutos, con los motores a salvo; pero la cabina despresurizada y el sistema hidráulico roto hicieron que tardara poco en precipitarse en una espiral dramática hasta impactar brutalmente en el mar a 30 millas de la isla de Sajalín. No hubos supervivientes.
Tensión de la Guerra Fría
Embarcaciones rusas acudieron enseguida a recuperar las pruebas, obsesionados por mantener todos sus secretos a salvo en un momento crítico de tensión de la Guerra Fría. Equipos de Japón, Corea del Sur y Estados Unidos también trataron, sin éxito, de recoger información. El entonces presidente de EE.UU., Ronald Reagan, abrió el GPS, entonces solo de uso militar, a la aviación civil. Nuevos episodios de tensión aérea similar se lograron contener por la precaución añadida en las defensas rusas tras la fatal experiencia. El paranoico miedo a un ataque no volvió a terminar en tragedia cuando, en 1985, un avión de Japan Airlines se adentró por error en Siberia. Como todo episodio de la Guerra Fría, las teorías de la conspiración no se hicieron esperar. ¿El impacto borró todo rastro de los pasajaeros o los rusos recogieron todos los cuerpos y las pertenencias para no dejar pruebas? ¿Washington sabía que un avión occidental cruzó la línea roja, no hizo nada por evitarlo y así tensionar la Guerra Fría? ¿Ronald Reagan amplificó el incidente con su retórica para justificar su Guerra de las Galaxias, alimentar el rechazo internacional a la Unión Soviética y acelerar su caída?” (texto do ABC, do jornalista J. Cano, com a devida venia)

El caso de la Escuela 175 : cómo Stalin acabó con los hijos de la élite soviética

“La Escuela 175 era el orgullo del sistema educativo soviético. El colegio, situado en el propio Kremlin, contaba con los más talentosos profesores y los más selectos alumnos: los hijos de los más altos líderes de la Unión Soviética, incluido el sobrino de Stalin. Pero ni siquiera los niños más privilegiados del país podían librarse de la paranoia de su líder.
En el verano de 1943, 26 estudiantes de la escuela fueron encerrados en la prisión de Lubyanka, acusados de planear matar a Stalin. La historia había pasado desapercibida entre los historiadores hasta que Simon Sebag Montefiore, uno de los más conocidos biógrafos del dictador, se topó con ella mientras investigaba sobre las intrigas políticas del Kremlin durante la II Guerra Mundial. La trama, conocida por la policía secreta como “El caso de los niños”, permanece oculta en los archivos de la KGB, pero Sebag se las ha ingeniado para recrear la historia con la ayuda de algunos de los supervivientes de la particular purga, que siguen viviendo hoy en día.
La historia, que ha hecho pública el escritor en el dominical británico The Sunday Times, ha inspirado a Sebag para la redacción de su nueva novela de ficción One Night in Winter.
Dos disparos entre los muros del Kremlin
Los niños de la Escuela 175 conocían bien las reglas. Todas sus familias habían pasado por la Gran Purga de finales de los años 30. Muchos habían visto desaparecer a sus compañeros de escuela y sus padres. Todos sabían qué rango ocupaban sus familias en el complejo organigrama de la aristocracia soviética y eran conscientes de lo fácil que resultaba para Stalin acabar con cualquier privilegio o hacer rodar cualquier cabeza. En el Kremlin, quizás como en ningún otro lugar de la Unión Soviética, Stalin inspiraba un terror descomunal.
En 1943, no obstante, el ambiente había comenzado a relajarse. Después de la batalla de Stalingrado las tornas de la guerra cambiaron: padres e hijos empezaron a pensar que la guerra podía ganarse y que el terror estalinista pronto llegaría a su fin. Se equivocaban, al menos en lo referente a los plazos.
Vladimir Shakurin, de 16 años, era el hijo del ministro de industria aeronáutica, el político al mando de las fábricas que construían los cazas y bombarderos, orgullo de la aviación soviética. Era un chico fácilmente excitable y algo trastornado que estaba locamente enamorado de su compañera Nina Umansky. Un día de julio Nina le confesó a Vladimir que su familia iba a abandonar el Kremlin, ya que su padre había sido nombrado embajador en México. Vladimir, consternado, le dijo: “No te dejaré marchar”. Y se lo tomó al pie de la letra.
El día antes de la marcha de Nina, Vladimir pidió a su amigo Vano Mikoyán –uno de los hijos de Anastás Mikoyán, camarada de Lenin y, junto al ministro de asuntos exteriores Vyacheslav Molotov, el único gran líder de los primeros años de la Unión Soviética que había resistido a la Gran Purga de Stalin– que le prestara una pistola. La familia Mikoyán era por entonces una de las más poderosas de la Unión Soviética y estaba protegida día y noche por guardaespaldas de la NKVD que eran casi parte de la familia.
Vano le pidió a uno de los guardas que le dejara el arma y, tras salir de la escuela, cuando los niños cruzaban un puente cercano a ésta, se la dio a Vladimir. Nada más recibirla, salió corriendo en busca de Nina y, en el mismo puente, le pegó un tiro. Después se suicidó.
“Quiero a todos en la cárcel”
El asesinato, cometido en pleno Kremlin y delante de los hijos de los máximos líderes soviéticos, conmocionó al Partido y, aunque sucedió en plena II Guerra Mundial, Stalin tomó cartas en el asunto y ordenó al jefe de su policía secreta, Lavrenti Beria, que lo investigara a fondo.
Aunque Beria no tenía nada de santo –fue el responsable de la mayoría de arrestos y ejecuciones masivas llevadas a cabo durante la Gran Purga–, trató de convencer a Stalin de que no había nada sospechoso tras el asesinato: había sido un crimen pasional cometido por un adolescente perturbado. Pero a Stalin las explicaciones no le convencieron e insistió en que la NKVD averiguara de donde había sacado Vladimir el arma. Por aquel entonces la paranoia de Stalin estaba en su punto álgido. El dictador estaba convencido de que los jóvenes de la élite comunista tenían oscuras intenciones, y estaba decidido a realizar una especie de purga juvenil.
Los investigadores de Beria pronto encontraron lo que estaban buscando. Vladimir guardaba un diario secreto donde bromeaba sobre un gobierno formado por sus compañeros de clase al que llamaba “Cuarto Imperio” y en el que los líderes tenían títulos alemanes como gruppenführer o reichsführer. Era una chiquillada, y el propio Beria intento convencer a Stalin de que no tenía nada de lo que preocuparse. Pero el cuaderno era la excusa perfecta y, ni corto ni perezoso, el Secretario General mandó a toda clase a la cárcel, aunque muchos de los niños ni siquiera conocían la existencia del cuaderno de Vladimir, que bien pudo habérselo inventado todo él solo.
Por orden de Stalin, la NKVD trasladó a los 26 niños de la clase de Vladimir a la cárcel de Lubyanka. Como era costumbre en la URSS por entonces, los acusados fueron arrestados sin dar ningún aviso a sus familias. Los hijos de un buen puñado de líderes soviéticos desaparecieron de la noche a la mañana, y nadie sabía por qué.
Sego Mikoyán explicó a Sebag cómo su hermano Vano desapareció sin previo aviso. Sus padres llamaron a la policía y a los hospitales, pero nadie sabía nada. Su padre trabajaba en el mismo pasillo que Stalin, pero tuvo que llamar a Beria para que éste le confesara que habían llevado a su hijo a Lubyanka y que, lo mejor, es que mantuviera la boca cerrada. Al poco de desaparecer Vano, la NKVD vino también a por Sergo, y se lo llevaron en pijama a la cárcel.
Mikoyán padre sabía bien que, cualquier movimiento en falso, podía llevar a su familia por completo al paredón, así que hizo como si no pasara nada. Siguió trabajando junto a Stalin y no abrió la boca en ningún momento.
En la cárcel, los 26 niños pasaron por interrogatorios diarios. Varias semanas después de su encarcelamiento la NKVD informó a Stalin de que los niños eran inocentes, pero el dictador se limitó a decir, “son culpables”, y los interrogatorios se reanudaron de nuevo. Vano acabó confesando que había pedido prestada la pistola a uno de los guardas de su padre. Entonces empezaron a preguntarle si planeaba matar a Stalin y dar un golpe de estado. Los niños negaron todo y, en diciembre, los interrogatorios finalizaron.
Seis meses después de que la policía apresara a los Mikoyan, su madre logró acceder a la prisión y les convenció para que firmaran una confesión, pues creía que era la única manera de que la familia evitara las ejecuciones. Al llegar a casa su padre fue tajante: “Si sois culpables os estrangularé con mis propias manos”.
Después de un tiempo los 26 niños fueron liberados de Lubyanka pero Stalin, no contento con los seis meses de cárcel, mando al exilió a todos ellos. Durante un año los hijos de la élite caídos en desgracia fueron enviados a Salinaban (hoy Dushanbe, la capital de Tajikistan), en Asia Central.

Pese al castigo, los Mikoyan lograron sobrevivir a la purga. Se sabe que en 1953 Stalin denunció al cabeza de familia, pero pronto murió y se libró de la ejecución. Anastás Mikoyán fue el único líder bolchevique de la primera hornada soviética que sobrevivió al estalinismo. Fue un importante embajador de la URSS durante el gobierno de Jrushchov y presidente del Politburó con Brézhnev. Murió en 1978. Sus hijos Vano y Sergo nunca abandonaron la élite soviética y prosperaron dentro del sistema, el primero como diseñador de aviones y el segundo como profesor de historia. Fue una de las pocas familias del Partido que se libró de la ira de Stalin. Por los pelos” (fonte: El Confidencial, com a devida vénia)

terça-feira, março 05, 2013

Estaline mantém-se popular 60 anos depois da sua morte

Li aqui quer “a figura do dirigente soviético José Estaline, que faleceu há já 60 anos, continua a provocar forte polémica e a dividir a sociedade russa: quase metade da população considera o seu papel positivo. No dia em que passam exatamente 60 anos após a sua morte, as sondagens mostram que a popularidade do homem que dirigiu a URSS com ‘braço de ferro’ não pára de aumentar na Rússia de hoje em dia. "Em 1988, menos de 1 por cento dos respondentes consideravam Estaline uma grande figura que seria recordada dentro de 20/30 anos. Hoje, ele encontra-se na lista das figuras mais significativas dessa época na consciência social", constata Lev Gudkov, diretor do Centro Analítico Levada-Tsentr.
"Segundo as sondagens, atualmente 48 por cento dos respondentes reconhecem o papel positivo de Estaline, 22 por cento avaliam a sua personalidade de forma extremamente negativa", acrescenta Gudkov, frisando que "em 1998, 60 por cento dos inquiridos olhavam para Estaline de forma negativa". O sociólogo explica este fenómeno com a "mudança de gerações, perda da experiência pessoal, formação da sociedade de consumo, influência dos media e da literatura". Por outro lado, sondagens realizadas pelo mesmo centro mostram que 60 por cento dos respondentes estão contra a proposta de devolver à cidade de Volgogrado o nome de Estalinegrado e 56 por cento não apoiam a construção de um monumento ao ditador comunista em Moscovo.
Estes sinais contraditórios são alimentados pelas posições ambíguas do Kremlin face ao antigo dirigente soviético. "O país mudou radicalmente, transformou-se de agrário em industrial, mas o campesinato desapareceu? Vencemos a guerra [Segunda Guerra Mundial] e ninguém tem direito a atirar pedras aos organizadores da vitória", afirmou Vladimir Putin. O marechal Gueorgui Jukov, um dos obreiros da vitória soviética, escreveu sobre as qualidades militares de Estaline: "Ele foi o criador de alguma operação? Sim, infelizmente. Uma operação foi planeada e realizada no Báltico, na região de Libava, que se repetiu várias vezes sem resultado e nada deu além de pesadas baixas".
Guennadi Ziuganov, atual dirigente do Partido Comunista da Federação da Rússia, tem uma opinião diferente: "A industrialização, a vitória na Grande Guerra Pátria [Segunda Guerra Mundial], a descoberta do átomo e exploração da energia atómica, os voos ao Espaço e outros grandes feitos, bem como a imagem da grande potência URSS estão inseparavelmente ligados ao nome de Estaline". Alexandre Burdonski, neto de Estaline e conhecido realizador de teatro, tem uma explicação para a criação do mito em torno do seu avô: "Se na Rússia se organizasse uma vida normal e se construísse um Estado normal, a necessidade do mito, do ídolo, passaria cada vez mais para segundo plano". "Tal como aconteceu com Hitler na Alemanha, onde não passa pela cabeça de ninguém discutir hoje sobre a atualidade dessa figura política", concluiu”.

sexta-feira, dezembro 16, 2011

Filha de Estaline morreu na miséria aos 85 anos nos EUA



Escreveu o Publico: “Em plena Guerra Fria a filha de Estaline protagonizou um dos mais embaraçosos incidentes diplomáticos de que há memória: trocou a URSS pelos EUA – o comunismo pelo capitalismo. Morreu a 22 de Novembro, aos 85 anos, na miséria e no isolamento, no estado americano do Wisconsin. Lana Peters – nascida Svetlana Stalina – teve uma vida difícil e errática. Casou-se três vezes e renunciou ao regime comunista russo que o seu pai ajudou a erguer. Descreveu a figura do pai como “um monstro moral e espiritual” depois de a CIA a ter ajudado a fugir da União Soviética, em 1967. O incidente cobriu Moscovo de vergonha.“Venho para os EUA em busca da liberdade de expressão que durante tanto tempo me foi negada na Rússia”, disse Svetlana antes de assentar arraiais em Nova Jérsia, na década de 1960. Anos depois regressaria à Rússia e, posteriormente, de novo aos EUA. Svetlana viveu assim: dividida e apátrida. Svetlana era a única filha de Estaline. A sua mãe chamava-se Nadezhda Alliluyeva e foi a segunda mulher do líder comunista. Matou-se em 1932. Svetlana terminou os estudos superiores em 1949 e trabalhou como professora e tradutora antes de abandonar a União Soviética. Casou-se pela primeira vez aos 18 anos com um estudante judeu chamado Aleksei Kapler, desobedecendo abertamente às ordens do pai. O casal teve um filho mas o casamento dissolveu-se e Kapler foi enviado para um campo de trabalho na Sibéria. O seu segundo marido chamava-se Yuri Zhadanov, com quem teve uma filha, mas o casamento foi dissolvido depois de Svetlana conhecer o seu terceiro companheiro, Brijesh Singh, um comunista indiano, em 1964. Depois da morte de Singh, em 1966, Svetlana decidiu pedir asilo político à embaixada dos EUA em Nova Deli. O Presidente Lyndon B. Johnson concedeu-lho. Os serviços secretos russos terão tentado assassiná-la depois desta ida para os EUA mas o plano acabou por não se concretizar, escreveu o “The Washington Post” em 1992. Em Abril de 1967 Svetlana chegou a Nova Iorque. Nos anos seguintes publicou duas auto-biografias em que renegava o seu pai, a URSS e o comunismo. Foi nos EUA que Svetlana conheceu o seu quarto companheiro, com quem se casou: William Wesley Peters, discípulo do arquitecto Frank Lloyd Wright. Juntos mudaram-se para o deserto do Arizona e tiveram uma filha, Olga. A união acabou novamente em divórcio, em 1973. Em 1978 Svetlana tornou-se oficialmente norte-americana e mudou o seu nome para Lana Peters. Pouco depois mudou-se para o Reino Unido, onde viveu dois anos, e em 1984 regressou à União Soviética, para se reencontrar com os seus dois filhos (dos seus dois primeiros casamentos) que tinham ficado a viver naquele país. Durante esse período recuperou o seu passaporte russo - depois de o ter queimado publicamente à chegada aos EUA - e argumentou ter sido um brinquedo nas mãos da CIA, mas acabou por não encontrar o reconhecimento que esperava. Mudou-se para a Georgia e de novo para os EUA ainda na década de 1980.Numa entrevista publicada no ano passado pelo “Wisconsin State Journal” Svetlana confessou estar “feliz” por viver nos EUA, mas assumiu o peso da sua herança simbólica: “Aqui, na Suíça, na Índia ou onde quer que seja (...) serei sempre uma prisioneira política do nome do meu pai”.