Li no El Pais, num texto da jornalista ISABEL FERRER que “al pie de un canal, en
pleno Barrio Rojo de Ámsterdam, abre sus puertas este jueves el primer Museo
mundial de la Prostitución. Ubicado en un antiguo burdel, ofrece la posibilidad
de acceder al universo íntimo de las 900 mujeres que ofrecen sus servicios
desde más de 290 ventanas de cortinas encarnadas que han hecho famoso el lugar.
La nueva atracción turística, que también lo es, aprovecha la curiosidad
generada por el oficio para desmitificarlo. El método utilizado es bien
sencillo: deja que el visitante se siente mirando a la calle en sillas como las
usadas por las prostitutas cuando esperan clientes. La sensación de “estar al
otro lado” es inmediata, y puede contribuir a cambiar la imagen de un colectivo
que desea fundar un sindicato. Holanda legalizó la prostitución en el año 2000,
y desde entonces, hay que registrarse en la seguridad social y pagar impuestos.
Luego subió la edad para ejercerla de 18 a 21 años. Pensadas para evitar
abusos, las medidas no han dado el resultado esperado. Los burdeles esquivan
sus obligaciones con Hacienda, los bancos se resisten a conceder préstamos y
las aseguradoras regatean sus pólizas ante los riesgos sanitarios. El Gobierno,
por su parte, admite que el tráfico de personas, en especial mujeres de los
Balcanes, está en manos de redes muy violentas y es difícil de contener. Es un
problema internacional, es cierto, como el de los proxenetas. Pero Ilonka
Stakelborough, que ha ejercido el oficio 25 años, cree que parte de la solución
radica en “fortalecer a las prostitutas para que pierdan el miedo y no se dejen
manipular”. El ansiado sindicato contribuiría a lograrlo, y ella las apoya a
través de la Fundación Geisha.
La legalización no ha dado el resultado esperado
Ejerciendo por unas horas de guía improvisada, asegura que el papel más
difícil es el de dominadora en una sesión sadomasoquista. El museo presenta una
sala con todos los atributos, desde esposas, cadenas, látigos y bozales
metálicos, a una celda insonorizada donde se encierra al sujeto atado. “Esta
modalidad es como un juego psicológico y precisa de la confianza total del
cliente. Suele ser gente estresada que necesita soltar lastre. Dejar de
controlar lo que les ocurre durante una o dos horas les relaja”, dice.
Las otras habitaciones del lugar son una copia fiel de las que hay tras
los ventanales del Barrio Rojo. La más sencilla presenta una cama pequeña
forrada de azulejos con un enorme espejo en la pared. Una lámpara de neón, un
lavabo y todos los productos necesarios están a la vista. “Es incómodo y la luz
no es muy favorecedora”, lamenta Ilonka. “Se nota que los dueños de estos
inmuebles piensan solo en la renta, porque aquí puedes estar once horas
diarias, seis días a la semana”. Un cuarto así cuesta 150 euros diarios; un
encuentro de 10 minutos, 50 euros. En los clubes más elegantes, la mayoría
fuera de la zona, el alquiler puede ascender a 350 euros al día. También se ha
preparado una de esas alcobas, más espaciosa, con bañera y televisión, además
de un gran lecho. Un dispositivo de alarma sirve para alertar a los
arrendadores, que deben llegar en cinco minutos. La policía es requerida en
casos urgentes, “pero el Barrio Rojo es hoy el más seguro de Ámsterdam”.
También el más antiguo, en especial la zona denominada De Wallen (algo así como
Las Paredes), construida hacia 1385. Como toda ciudad portuaria, la presencia
constante de marineros fue llenando el lugar de meretrices. Entre el siglo XVI
y el XIX, pasaron de ser toleradas a la prohibición. Las ventanas empezaron a
utilizarse como reclamo en el siglo XX.
Un documental sobre los vecinos actuales contribuye al intento de
demostrar que este trabajo puede ser tan respetado como otros. Ahí está la
lavandería que limpia las sábanas de las profesionales. La cafetería que les
lleva el desayuno. La peluquería, la pastelería, y en una escena fugaz, el
recuerdo de que también hay colegios. La hija de una mujer de mediana edad
visita a su madre y luego se marcha a hacer los deberes. “La prostitución no
suele ejercerse durante mucho tiempo. La media es de cinco años y ellas tienen
entre 21 y 55. Alrededor del 70% están casadas y con familias tradicionales.
Con la crisis, hay más estudiantes que terminan de pagar así sus estudios y
madres solteras que no llegan a fin de mes”, añade Ilonka Stakelborough. Uno de
los impulsores del museo, Melcher de Wind, aclara que cuentan “con el apoyo
moral del ayuntamiento y fondos privados”. Ahora construimos un local educativo
en la planta baja para que los jóvenes conozcan esta realidad, y sus peligros.
Yo monto exposiciones, pero es importante llamar la atención en este campo”,
afirma, frente al confesionario instalado a la salida. Sirve para que el
visitante desvele, sin firma, “sus pecados sexuales”. Ya hay una pared llena”.









