“Desde el aire
luce como un paisaje apocalíptico. Es como si hubiesen bombardeado la selva y
los proyectiles hubiesen arrancado los árboles y dejado cráteres llenos de agua
y barro. Cientos de hectáreas de paisaje lunar robadas al manto del Amazonas
peruano para extirparle su tesoro más íntimo: el oro. Sobrevolamos la llamada
“La Pampa”, el epicentro de la minería ilegal en la región de Madre de Dios, y
la visión sobrecoge. Sobre todo cuando se piensa que ese trozo de selva muerta
es parte del escudo protector de la reserva nacional de Tambopata. A ras de
suelo, con nuestras botas embarradas por el fango de los cráteres, la imagen
pierde perspectiva y gana aún más contundencia. Hemos llegado hasta aquí por
una pista de arena abierta en medio de la selva, a lomos de un mototaxi,
después de varias horas de negociaciones. Este es un territorio clandestino,
nada de lo que sucede aquí debería suceder. Así que los testigos no son
bienvenidos. Ni siquiera venir de la mano de hombres que tienen intereses en La
Pampa te libra de unas miradas que parecen decir: “¿Sois policías?” Sobre un
fondo de árboles muertos, dentro de uno de los agujeros, tres hombres se
sumergen hasta el cuello en un agua de color ocre en la que flotan desperdicios
de comida, latas de refrescos y ramas secas. Dos de ellos nadan hasta subirse
en una plataforma que parece una mezcla de balsa de náufrago, tobogán artesanal
y bomba de agua. Una especie de draga con la que succionan la arena del fondo
del cráter para precipitarla por el tobogán, donde una alfombra atrapa las
partículas de oro disueltas en la arena. Es una imagen que parece sacada de otra
época, no de su versión 2.0” (fonte: El Pais)








