Li no ABC, num texto da
jornalista Borja Bergareche que “políticos y empresarios del Reino Unido
coinciden: si se pierde Escocia, se pierde peso en el mundo. El viernes, el primer ministro
británico lanzó un dramático llamamiento para que el Reino Unido lo siga
siendo. Cameron pidió a ingleses, galeses y norirlandeses que llamen a sus
amigos y familiares al norte de la frontera con Escocia con un mensaje: «No os
vayáis». «Si perdemos Escocia, si cambia el Reino Unido, estaríamos quitando la
alfombra debajo de nuestra propia reputación: tenemos más peso en el mundo
porque estamos unidos». Para cada vez más voces en sectores empresariales y
financieros, ese peso se mide en libras, y no en kilos. Esta misma semana, el
consejero delegado de la petrolera británica BP se convertía en el más alto
ejecutivo en advertir del potencial coste económico de la secesión, si el «Sí»
a la independencia gana en el referéndum previsto para el próximo 18 de
septiembre.
«Gran Bretaña es un país grande,
y debe permanecer unida», dijo el martes el neoyorquino Bob Dudley, quien
reconoció que «existe preocupación en todas las industrias». Le preocupa en
particular los costes añadidos que supondría para su empresa, y los «problemas
prácticos» que genera la «incertidumbre en torno a la moneda». El presidente
escocés, Alex Salmond, defiende seguir usando la libra en una unión monetaria
con el resto del Reino Unido. Una propuesta que el gobierno de Londres ve como
«inviable» y el Banco de Inglaterra como factible pero llena de «riesgos», como
explicó el gobernador, Mark Carney, a finales de enero en Edimburgo. Por el
momento, esa incertidumbre tan elemental -¿qué moneda sonaría en el bolsillo de
los escoceses?- no parece estar ahuyentando las inversiones. La propia BP mantiene intactos
sus planes de invertir unos 12.000 millones en sus instalaciones en el Mar del
Norte entre 2011 y 2016. El Gobierno escocés ha convertido la industria de las
renovables en uno de sus motores económicos, con un ambicioso objetivo de
satisfacer el 50% de su demanda energética con este tipo de fuentes en 2015. De
hecho, aunque Escocia produce solo el 9% de la electricidad consumida en el
Reino Unido, recibe hasta el 37% de las ayudas públicas a las renovables. El
Gobierno nacionalista escocés intenta tranquilizar a un sector cada vez más
inquieto recordando que la energía escocesa «es esencial para mantener las
luces encendidas en las islas». Pero el ministro de Energía, Ed Davey, ya ha
advertido de que la continuidad de esas ayudas no está garantizada. Y otros
apuntan ya a proveedores alternativos de electricidad, como Francia o Islandia,
en caso de secesión.
En otra industria esencial para
la economía escocesa, la de los servicios financieros, la actitud oficial de
neutralidad ante el referéndum se ha quebrado también esta semana. El martes,
el diario «Financial Times» llevaba a su portada la preocupación en el sector.
La secesión, como explica la hoja de ruta nacionalista, supondría la creación
de un nuevo regulador financiero. Y muchos operadores y gestores de capital
creen que adaptar sus productos a estas nuevas normas -y, quizás, a una nueva
moneda- supondría un coste demasiado elevado, teniendo en cuenta que los fondos
instalados en Escocia obtienen el 86% de sus beneficios en operaciones con el
resto del Reino Unido. Otras fuentes defienden, en cambio, las potenciales
ventajas de la secesión. Los servicios financieros suponen el 8% del PIB
escocés, dan empleo a casi 100.000 personas y fueron la principal fuente de
exportaciones por valor económico en 2012, según recoge el rotativo financiero.
El miércoles, el ministro de
Industria británico, Vince Cable, advertía además de que, en caso de separarse
de Gran Bretaña, Escocia terminaría por recurrir a su propia moneda, y el Royal
Bank of Scotland (RBS) trasladaría su sede de Edimburgo a Londres. El
influyente ministro liberal no solo habla como miembro del Gobierno sino como
«dueño», puesto que la entidad escocesa es todavía propiedad del Estado en un
81%. El caso de RBS es simbólico por muchos aspectos. Su creación está directamente
ligada al acto de unión de los parlamentos inglés y escocés en 1707, al recibir
el sello real como compensación de Londres a los escoceses por una onerosa y
desastrosa aventura colonial. Pero además, ejemplifica la fortaleza de la unión
de la que hablaba Cameron.
El banco fue nacionalizado tras
la crisis de 2008 con un rescate de unos 55.000 millones, pagado por los
contribuyentes británicos. Equivale al 200% del PIB de Escocia, que habría
quedado en bancarrota al intentar salvar un banco cuyo balance equivale al PIB
de toda Gran Bretaña. Para unos, es discurso del miedo. Para otros, la dura
realidad. Pero la advertencia de Cable no afecta solo a los 3.000 empleados de
RBS en su cuartel general escocés. «Si estás gestionando RBS, estoy seguro de
que preferirías estar en un domicilio en el que tu banco está protegido del
riesgo de colapso», aseguró.
Una cesta de la compra más cara
En el frente más prosaico de la
economía doméstica, la posibilidad de que Escocia se convierta en un Estado
independiente tendría también fuertes consecuencias en el precio de la cesta de
la compra. Gracias a la unidad de mercado en el Reino Unido, los 5,3 millones
de escoceses se benefician de los mismos precios que el resto de británicos, a
pesar de vivir a menudo en localidades remotas y poco pobladas. Los costes de
transporte y distribución son asumidos por las empresas. Un escenario que
cambiaría con la independencia, según ejecutivos de cadenas de supermercados.
«¿Por qué iba el consumidor inglés o galés a subvencionar el coste adicional de
hacer negocios en Escocia?», se pregunta Dalton Phillips, consejero delegado de
Morrison, tras advertir de que ese coste añadido «debería ser repercutido
potencialmente al precio de consumo». El responsable de la oficina del
consumidor británica, John Fingleton, coincide en que «si esos costes se aíslan
en Escocia», los ajustes derivados llevarían a una subida de precios en Escocia
y una reducción en Inglaterra”

